Los sábados siempre volvía tarde a casa, después de mis seis clases en la escuela. Caminar por la calle nunca me parecía una pérdida de tiempo. Era una buena excusa para dejar correr la imaginación, y todo me resultaba familiar y agradable. Conocía los rótulos, las fachadas de las casas, los escaparates de las tiendas. Lo conocía de una manera propia y especial, y estaba convencido de que veía en ellos lo que realmente importaba, ese algo misterioso que los adultos llamamos «la esencia de las cosas». Todo aquello estaba firmemente grabado en mi memoria. Si alguien mencionaba alguna de las tiendas, podía imaginar inmediatamente el rótulo del establecimiento, con sus letras doradas y el rasguño en el ángulo izquierdo, la cajera con su alto peinado y el aura que envolvía el lugar, distinto del aura de cualquier otra tienda. Y con aquellas tiendas, aquellas personas, aquellos ambientes y carteles de teatro reconstruí mi ciudad natal de Odesa. La recuerdo, la siento y la amo hasta el día de...