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Mostrando las entradas etiquetadas como Narrativa

La noche, Guy de Maupassant

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Amo la noche con pasión. La amo, como uno ama a su país o a su amante, con un amor instintivo, profundo, invencible. La amo con todos mis sentidos, con mis ojos que la ven, con mi olfato que la respira, con mis oídos, que escuchan su silencio, con toda mi carne que las tinieblas acarician. Las alondras cantan al sol, en el aire azul, en el aire caliente, en el aire ligero de la mañana clara. El búho huye en la noche, sombra negra que atraviesa el espacio negro, y alegre, embriagado por la negra inmensidad, lanza su grito vibrante y siniestro.   El día me cansa y me aburre. Es brutal y ruidoso. Me levanto con esfuerzo, me visto con desidia y salgo con pesar, y cada paso, cada movimiento, cada gesto, cada palabra, cada pensamiento me fatiga como si levantara una enorme carga.   Pero cuando el sol desciende, una confusa alegría invade todo mi cuerpo. Me despierto, me animo. A medida que crece la sombra me siento distinto, más joven, más fuerte, más activo, más feliz. La veo espes...

Lejos, Aciro Luménics

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La sombra permanece bajo el viento, en la orilla de la espuma. La piel se estira hacia la curva al final de la parábola... del sembrador de la semilla en tierra fértil; lejos, diminuta, pequeña, como un punto que desaparece, pero no. en Seis mil relatos de ficción absurda , 1961

El Patio Tranquilo, de Martín Cinzano

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El Patio Tranquilo Martín Cinzano 1ª edición, 122 páginas Boca Budi Books 2026

El fin llegó como otro anticlímax, Arthur Koestler

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En algún momento de aquella primavera de 1938, tuve que dar en París una conferencia sobre España en la Asociación de Escritores Alemanes en el Exilio. Antes de mi intervención, un representante del partido me pidió que insertara un pasaje denunciando a los miembros del POUM [Partido Obrero de Unificación Marxista] como agentes de Franco. Me negué. Se encogió de hombros y me preguntó en tono educado si no me importaría mostrarle el texto de mi discurso para comentarlo «informalmente»; me volví a negar.   El acto tuvo lugar en la sala de la Société des Industries Françaises, ante un auditorio de unos doscientos o trescientos intelectuales refugiados, la mayoría de ellos comunistas. Era mi primera aparición pública en París desde que había vuelto de España y tenía la sensación de que sería la última como miembro del partido. No tenía intención de atacar al partido mientras todavía se libraba la guerra española y la idea de atacar a Rusia en público aún me embar...

Las huellas del baqueano, Ariel Rioseco

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Fragmento   Frente a ellos, el silencio fue tomando forma y la brisa que golpeaba las ramas de los altos árboles generó en el grupo la sensación de que estos parajes iban asumiendo vida y caracteres propios que no debían ser tomados a la liguera. Poblete, que lo sabía, ajustó nuevamente su montura, sujetando con mayor cuidado su bestia, mientras cada uno de los integrantes del rescate tomaba lugar en la fila que se sumergía en el reino del musgo y la humedad. La poca claridad del bosque, ya estando dentro, y lo angosto de la senda, hacían que el despeñadero a su costado se viese y sintiese más profundo, además de peligroso, en cada paso que daban los caballos. Las hojas agitándose entre el follaje, o el simple escape de algún roedor o musaraña en el piso, los hacía ir y volver con atención, haciendo que cada detalle fuese enorme en aquella vastedad de quietud y silencio comprimido.   Cerca de una hora después de haber ingresado en el bosque, Poblete ...

Miami: Yo vine aquí a gritar, Reinaldo Arenas

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La Universidad Internacional de la Florida me invitó a dar una conferencia el primero de junio de 1980. La titulé «El mar es nuestra selva y nuestra esperanza» y hablé por primera vez ante un público libre. Junto a mí estaba Heberto Padilla; él habló primero. Realmente, su caso fue penoso; llegó absolutamente borracho a la audiencia y, dando tumbos, improvisó un discurso incoherente y el público reaccionó violentamente contra él. Yo sentí bastante lástima por aquel hombre destruido por el sistema, que no podía encararse con su propio fantasma, con la confesión pública que había hecho en Cuba. En realidad, Heberto nunca se recuperó de aquella confesión; el sistema logró destruirlo de una manera perfecta, y ahora parecía que hasta lo utilizaba.   Desde que comencé a hacer declaraciones contra la tiranía que había padecido durante veinte años, hasta mis propios editores, que habían hecho bastante dinero vendiendo mis libros, se declararon, solapadamente, mis enemigo...

El país de las montañas prohibidas y otras crónicas del Maule, Ariel Rioseco

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El país de las montañas prohibidas y otras crónicas del Maule Ariel Rioseco   Crónicas 1ª edición, 236 páginas   Boca Budi Books 2025

El hombre en la araucaria, Sara Gallardo

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Un hombre pasó veinte años haciéndose un par de alas. En 1924 las estrenó, de madrugada. Su temor principal era la policía. Anduvieron, con un vaivén bastante lento. No lo subían más de doce metros, la altura de una araucaria de la plaza San Martín.    El hombre abandonó a su mujer y sus hijos para pasar más horas sobre el árbol. Era empleado en una compañía de seguros. Se instaló en una pensión. Cada medianoche ponía aceite para máquinas de coser en las alas, y marchaba a la plaza. Las llevaba en un estuche de violoncello. Bastante cómodo, tenía un nido sobre el árbol. Hasta con almohadones.   De noche la vida de la plaza es extraordinariamente compleja, pero él nunca se molestó en enterarse. Le bastaban los follajes, las casas oscuras, y sobre todo las estrellas. Las noches de luna eran las mejores.   Nuestro mal es no aceptar el límite. Se le puso pasar un día entero en el nido. Fue en un feriado de la compañía.   Salió el sol. Nada como el amanecer entre las...

Quemar las naves, Arthur Koestler

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Siempre quise escribir una continuación de la fábula de La Fontaine sobre el zorro y las uvas: los amigos siempre se burlan del pobre zorro, a causa de las uvas verdes, hasta crearle un complejo de inferioridad. Noche tras noche, mientras los demás componentes de la manada se entretienen en robar hermosas gallinas gordas, el zorro se dedica a tomar lecciones de escalada. Después de varias semanas de esfuerzos consigue finalmente alcanzar las uvas, pero entonces descubre que estaban realmente verdes, como había afirmado desde el primer momento. ¿Quién le creerá ahora? Ni siquiera él se cree a sí mismo. Las uvas se convierten en su obsesión. Tiene que trepar para alcanzarlas, jadeante y sudoroso, y comer la horrible fruta simplemente para demostrarse a sí mismo que está verde. Cada vez se vuelve más y más delgado con esta dieta y después de una crisis nerviosa, se muere de úlcera gástrica.   Esta parábola pretende ilustrar la tragedia de los esnobs inteligentes...

Debes saberlo todo, Isaak Bábel

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Los sábados siempre volvía tarde a casa, después de mis seis clases en la escuela. Caminar por la calle nunca me parecía una pérdida de tiempo. Era una buena excusa para dejar correr la imaginación, y todo me resultaba familiar y agradable. Conocía los rótulos, las fachadas de las casas, los escaparates de las tiendas. Lo conocía de una manera propia y especial, y estaba convencido de que veía en ellos lo que realmente importaba, ese algo misterioso que los adultos llamamos «la esencia de las cosas». Todo aquello estaba firmemente grabado en mi memoria. Si alguien mencionaba alguna de las tiendas, podía imaginar inmediatamente el rótulo del establecimiento, con sus letras doradas y el rasguño en el ángulo izquierdo, la cajera con su alto peinado y el aura que envolvía el lugar, distinto del aura de cualquier otra tienda. Y con aquellas tiendas, aquellas personas, aquellos ambientes y carteles de teatro reconstruí mi ciudad natal de Odesa. La recuerdo, la siento y la amo hasta el día de...