Cine mudo, Beatriz Guido
Vivíamos en el ala izquierda de la casa. Nuestras ventanas enfrentaban las de nuestros padres. A altas horas de la noche, las ventanas de enfrente se convertían en un escenario iluminado. En el verano perdían su importancia. Las ventanas permanecían abiertas y el cuarto a oscuras. Sólo sus voces y algunas palabras en francés —para que no entendiéramos —nos enteraban de la presencia de nuestros padres. Entre nuestra ventana y el escenario había un patio estrecho con una escalinata que descendía hasta el jardín. En las noches de invierno me deslizaba de la cama y, arrastrando una manta de lana para cubrirme las piernas, acomodaba un pupitre para sentarme; después seguía atentamente todo lo que sucedía en la ventana de enfrente. Olvidaba que los actores eran mis padres: una leve cortina de tul daba al conjunto una realidad mágica. Me parecían personajes de fotografías de la “Petite Illustration”. Mi madre destrenzaba su cabello ante el espejo y su bata ligera volaba por el ai...