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Mostrando entradas de julio, 2025

Las huellas del baqueano, Ariel Rioseco

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Fragmento   Frente a ellos, el silencio fue tomando forma y la brisa que golpeaba las ramas de los altos árboles generó en el grupo la sensación de que estos parajes iban asumiendo vida y caracteres propios que no debían ser tomados a la liguera. Poblete, que lo sabía, ajustó nuevamente su montura, sujetando con mayor cuidado su bestia, mientras cada uno de los integrantes del rescate tomaba lugar en la fila que se sumergía en el reino del musgo y la humedad. La poca claridad del bosque, ya estando dentro, y lo angosto de la senda, hacían que el despeñadero a su costado se viese y sintiese más profundo, además de peligroso, en cada paso que daban los caballos. Las hojas agitándose entre el follaje, o el simple escape de algún roedor o musaraña en el piso, los hacía ir y volver con atención, haciendo que cada detalle fuese enorme en aquella vastedad de quietud y silencio comprimido.   Cerca de una hora después de haber ingresado en el bosque, Poblete ...

Talca, Cecilia Gajardo

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Talca Cecilia Gajardo    Poesía 2ª edición, 48 páginas   Boca Budi Books 2025 

Arroyo, Carlos Almonte

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Más que un acto de memoria, o ilusión, las aristas más lejanas de este pensamiento se resbalan en asombros contenidos por el quiebre, sin ondulación posible.   Es una extensión sin límite, me refiero, te refieres, y en aquella trampa, o seducción, reunimos playas, tiendas y arrecifes hacia la majada: sin el roce, tu relave natural, tu ausencia.   Distinta fase en la metáfora: el alejamiento es una traba antes de llegar y besar la corteza del alerce, cuyas hojas se desprenden bajo el suave arroyo de un conocimiento mudo.       Bitácora de ausencia (2ª edición) Boca Budi Books, 2025   Retrato: Julia Toro      

Miami: Yo vine aquí a gritar, Reinaldo Arenas

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La Universidad Internacional de la Florida me invitó a dar una conferencia el primero de junio de 1980. La titulé «El mar es nuestra selva y nuestra esperanza» y hablé por primera vez ante un público libre. Junto a mí estaba Heberto Padilla; él habló primero. Realmente, su caso fue penoso; llegó absolutamente borracho a la audiencia y, dando tumbos, improvisó un discurso incoherente y el público reaccionó violentamente contra él. Yo sentí bastante lástima por aquel hombre destruido por el sistema, que no podía encararse con su propio fantasma, con la confesión pública que había hecho en Cuba. En realidad, Heberto nunca se recuperó de aquella confesión; el sistema logró destruirlo de una manera perfecta, y ahora parecía que hasta lo utilizaba.   Desde que comencé a hacer declaraciones contra la tiranía que había padecido durante veinte años, hasta mis propios editores, que habían hecho bastante dinero vendiendo mis libros, se declararon, solapadamente, mis enemigo...