Las huellas del baqueano, Ariel Rioseco
Fragmento Frente a ellos, el silencio fue tomando forma y la brisa que golpeaba las ramas de los altos árboles generó en el grupo la sensación de que estos parajes iban asumiendo vida y caracteres propios que no debían ser tomados a la liguera. Poblete, que lo sabía, ajustó nuevamente su montura, sujetando con mayor cuidado su bestia, mientras cada uno de los integrantes del rescate tomaba lugar en la fila que se sumergía en el reino del musgo y la humedad. La poca claridad del bosque, ya estando dentro, y lo angosto de la senda, hacían que el despeñadero a su costado se viese y sintiese más profundo, además de peligroso, en cada paso que daban los caballos. Las hojas agitándose entre el follaje, o el simple escape de algún roedor o musaraña en el piso, los hacía ir y volver con atención, haciendo que cada detalle fuese enorme en aquella vastedad de quietud y silencio comprimido. Cerca de una hora después de haber ingresado en el bosque, Poblete ...