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El hombre en la araucaria, Sara Gallardo

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Un hombre pasó veinte años haciéndose un par de alas. En 1924 las estrenó, de madrugada. Su temor principal era la policía. Anduvieron, con un vaivén bastante lento. No lo subían más de doce metros, la altura de una araucaria de la plaza San Martín.    El hombre abandonó a su mujer y sus hijos para pasar más horas sobre el árbol. Era empleado en una compañía de seguros. Se instaló en una pensión. Cada medianoche ponía aceite para máquinas de coser en las alas, y marchaba a la plaza. Las llevaba en un estuche de violoncello. Bastante cómodo, tenía un nido sobre el árbol. Hasta con almohadones.   De noche la vida de la plaza es extraordinariamente compleja, pero él nunca se molestó en enterarse. Le bastaban los follajes, las casas oscuras, y sobre todo las estrellas. Las noches de luna eran las mejores.   Nuestro mal es no aceptar el límite. Se le puso pasar un día entero en el nido. Fue en un feriado de la compañía.   Salió el sol. Nada como el amanecer entre las...

Noventa y nueve sonetos, Bernardo E. Navia

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Noventa y nueve sonetos Bernardo E. Navia   Poesía 1ª edición, 122 páginas   Boca Budi Books 2024

Fumando en el muelle desierto, Jaime Huenún

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Fumando en el muelle desierto recuerdos a mis hijos, apenas alumbrados por el sol de este anillo. Mi paternidad se ha ido a pique; el mercado está desierto frente a mí. Un corazón apátrida late en esta fuga hacia la isla prometida. El amor ha abierto una oscura puerta por donde paso                                    inclinándome.       en  Puerto Trakl , 2001

Quemar las naves, Arthur Koestler

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Siempre quise escribir una continuación de la fábula de La Fontaine sobre el zorro y las uvas: los amigos siempre se burlan del pobre zorro, a causa de las uvas verdes, hasta crearle un complejo de inferioridad. Noche tras noche, mientras los demás componentes de la manada se entretienen en robar hermosas gallinas gordas, el zorro se dedica a tomar lecciones de escalada. Después de varias semanas de esfuerzos consigue finalmente alcanzar las uvas, pero entonces descubre que estaban realmente verdes, como había afirmado desde el primer momento. ¿Quién le creerá ahora? Ni siquiera él se cree a sí mismo. Las uvas se convierten en su obsesión. Tiene que trepar para alcanzarlas, jadeante y sudoroso, y comer la horrible fruta simplemente para demostrarse a sí mismo que está verde. Cada vez se vuelve más y más delgado con esta dieta y después de una crisis nerviosa, se muere de úlcera gástrica.   Esta parábola pretende ilustrar la tragedia de los esnobs inteligentes...

Convite, Damsi Figueroa

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No sería mejor que nos quedáramos sentados y solos, tardos y quedos esperando la totalidad de un gesto   No sería mejor que olvidáramos a la vaca semiológica que pasta a la deriva sudor rocío que nos entumeció los huesos sesos   Hay dentro de la luz una luz más pequeña que es oscura   Hay dentro de la luz una luz más pequeña que es oscura   Hay dentro de la luz una luz más pequeña que es oscura       en  Cartografía del éter , 2003

Galopan tus piernas sobre el coligüe, Gloria Dünkler

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Galopan tus piernas sobre el coligüe, el hocico de tu bestia es un trapito y tu cabello al aire son las crines. La adolescencia te pilló brincando en los montes y bajo la luna silvestre maduraste. Descalza, carita sucia, hiedra que monta los barrancos, hija del gran cacique aún no entiendes de modales. Juguemos a los adultos que salen al paso, con tus sueños prendidos a las riendas, llévame contigo.       en  Füchse von Llafenko , 2009

No digan que fui débil y no hice frente, Robert Louis Stevenson

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No digan que fui débil y no hice frente A mis obligaciones, y que huí del mar, Negando las torres que mis mayores erigieron,  los faros que encendimos, Para jugar con un niño que se divierte levantando castillos de papel. Digan mejor:  En el atardecer del tiempo Una recia familia arrancó de sus manos La arena del granito, y contemplando en la lejanía A lo largo de la rugiente costa, monumentos Y altas memorias que en el crepúsculo se hundían, Sonrió feliz, y a infantiles tareas alrededor del fuego,  dedicó las horas del anochecer.     en  Poemas , 1994 Originalmente en U nderwoods (Book I, XXXVIII) , 1887       Say not of me that weakly I declined (Book I, XXXVIII) Say not of me that weakly I declined / The labours of my sires, and fled the sea, / The towers we founded and the lamps we lit, / To play at home with paper like a child. / But rather say:  In the afternoon of time / A strenuous family dusted from its hands / The sand of ...