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Happy New Year, Julio Cortázar

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Mira, no pido mucho, solamente tu mano, tenerla como un sapito que duerme así contento. Necesito esa puerta que me dabas para entrar a tu mundo, ese trocito de azúcar verde, de redondo alegre. ¿No me prestas tu mano en esta noche de fin de año de lechuzas roncas? No puedes, por razones técnicas. Entonces la tramo en aire, urdiendo cada dedo, el durazno sedoso de la palma y el dorso, ese país de azules árboles. Así la tomo y la sostengo, como si de ello dependiera muchísimo del mundo, la sucesión de las cuatro estaciones, el canto de los gallos, el amor de los hombres.   31/12/1951       en  Salvo el crepúsculo , 1984  

Cine mudo, Beatriz Guido

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Vivíamos en el ala izquierda de la casa. Nuestras ventanas enfrentaban las de nuestros padres. A altas horas de la noche, las ventanas de enfrente se convertían en un escenario iluminado.   En el verano perdían su importancia. Las ventanas permanecían abiertas y el cuarto a oscuras. Sólo sus voces y algunas palabras en francés —para que no entendiéramos —nos enteraban de la presencia de nuestros padres.   Entre nuestra ventana y el escenario había un patio estrecho con una escalinata que descendía hasta el jardín. En las noches de invierno me deslizaba de la cama y, arrastrando una manta de lana para cubrirme las piernas, acomodaba un pupitre para sentarme; después seguía atentamente todo lo que sucedía en la ventana de enfrente. Olvidaba que los actores eran mis padres: una leve cortina de tul daba al conjunto una realidad mágica. Me parecían personajes de fotografías de la “Petite Illustration”. Mi madre destrenzaba su cabello ante el espejo y su bata ligera volaba por el ai...

El hombre en la araucaria, Sara Gallardo

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Un hombre pasó veinte años haciéndose un par de alas. En 1924 las estrenó, de madrugada. Su temor principal era la policía. Anduvieron, con un vaivén bastante lento. No lo subían más de doce metros, la altura de una araucaria de la plaza San Martín.    El hombre abandonó a su mujer y sus hijos para pasar más horas sobre el árbol. Era empleado en una compañía de seguros. Se instaló en una pensión. Cada medianoche ponía aceite para máquinas de coser en las alas, y marchaba a la plaza. Las llevaba en un estuche de violoncello. Bastante cómodo, tenía un nido sobre el árbol. Hasta con almohadones.   De noche la vida de la plaza es extraordinariamente compleja, pero él nunca se molestó en enterarse. Le bastaban los follajes, las casas oscuras, y sobre todo las estrellas. Las noches de luna eran las mejores.   Nuestro mal es no aceptar el límite. Se le puso pasar un día entero en el nido. Fue en un feriado de la compañía.   Salió el sol. Nada como el amanecer entre las...

Noventa y nueve sonetos, Bernardo E. Navia

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Noventa y nueve sonetos Bernardo E. Navia   Poesía 1ª edición, 122 páginas   Boca Budi Books 2024

Fumando en el muelle desierto, Jaime Huenún

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Fumando en el muelle desierto recuerdos a mis hijos, apenas alumbrados por el sol de este anillo. Mi paternidad se ha ido a pique; el mercado está desierto frente a mí. Un corazón apátrida late en esta fuga hacia la isla prometida. El amor ha abierto una oscura puerta por donde paso                                    inclinándome.       en  Puerto Trakl , 2001

Quemar las naves, Arthur Koestler

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Siempre quise escribir una continuación de la fábula de La Fontaine sobre el zorro y las uvas: los amigos siempre se burlan del pobre zorro, a causa de las uvas verdes, hasta crearle un complejo de inferioridad. Noche tras noche, mientras los demás componentes de la manada se entretienen en robar hermosas gallinas gordas, el zorro se dedica a tomar lecciones de escalada. Después de varias semanas de esfuerzos consigue finalmente alcanzar las uvas, pero entonces descubre que estaban realmente verdes, como había afirmado desde el primer momento. ¿Quién le creerá ahora? Ni siquiera él se cree a sí mismo. Las uvas se convierten en su obsesión. Tiene que trepar para alcanzarlas, jadeante y sudoroso, y comer la horrible fruta simplemente para demostrarse a sí mismo que está verde. Cada vez se vuelve más y más delgado con esta dieta y después de una crisis nerviosa, se muere de úlcera gástrica.   Esta parábola pretende ilustrar la tragedia de los esnobs inteligentes...

Convite, Damsi Figueroa

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No sería mejor que nos quedáramos sentados y solos, tardos y quedos esperando la totalidad de un gesto   No sería mejor que olvidáramos a la vaca semiológica que pasta a la deriva sudor rocío que nos entumeció los huesos sesos   Hay dentro de la luz una luz más pequeña que es oscura   Hay dentro de la luz una luz más pequeña que es oscura   Hay dentro de la luz una luz más pequeña que es oscura       en  Cartografía del éter , 2003