Esperanza, Aciro Luménics
Ellos
mantienen tu cabeza podrida,
llena de gusanos en forma
de noticias,
columnas,
guerra,
elecciones,
fútbol,
Superbowl:
gol, gol, gol,
descenso,
campeón,
derrota,
victoria,
izquierda,
derecha,
sí,
no.
¡Malditos gusanos dicotómicos!
También están los gusanos
del espejo cultural
y los estallidos de Giorgy Boy,
el discurso impositivo,
el eterno fascismo en todas
y cada una
de sus formas
maquilladas
o a cara descubierta.
La eterna dicotomía
de la que es (casi) imposible
ser desprogramado.
Sin embargo,
hay una forma
de deshacerte de los gusanos
en tu cerebro,
de lo que ves.
Para descorrer el velo,
es necesario cruzar el río;
el agua de pureza ancestral,
los bosques del silencio,
la meditación.
Alejarte
de todo aquello que huela a podrido
y esté lleno de gusanos,
zánganos,
parásitos,
depositarios
de falsa información.
Desde hace mucho,
demasiado,
no hemos tenido la verdad
de nuestro lado.
Solo ocurrirá alejándote,
sacudiéndote,
siendo valiente para estar solo
apuntado a veces;
aislado, siempre.
Si tienes interés
por la verdad,
o algo semejante,
si piensas que tu cerebro ha sido modelado
por aquellos a quienes
equivocadamente
no apuntas como responsables...
tienes esperanza,
la esperanza de los tiempos,
la esperanza de los sabios,
sagrados, recurrentes,
la de aquellos que no vivieron para contarlo,
la de quienes desaparecieron para siempre,
alejándose hasta ser un punto
en la distancia,
sobre el horizonte,
porque se aburrieron de comer
o de ser comidos por gusanos;
porque se hastiaron de la falsedad
que cubre todo.
No es posible otra manera.
No hay salida por el camino
taponeado desde hace siglos.
No sigas por ahí.
No insistas en lo mismo.
Queda la opción de
levantarse
y correr en dirección opuesta.
Tienes...
Tenemos algo de conciencia.
Algunos ya muy poco.
La mayoría, nada.
Habrá en aquel lugar la calma y el silencio,
la verdad de lo incontaminado,
la eternidad de lo olvidado,
el ser humano y su eterna realidad
inmaterial,
multivalente.
Y algunos otros seres esparcidos
brillando con luz propia,
caminando lentamente,
o quietos,
observando alguna brizna de viento
delicada,
o
una pequeña hoja que cae al río
y se deshace
para comenzar
y comenzar,
y comenzar,
y comenzar...
en A ultranza, 1969
