El fin llegó como otro anticlímax, Arthur Koestler
En algún momento de aquella primavera de 1938, tuve que dar en París una conferencia sobre España en la Asociación de Escritores Alemanes en el Exilio. Antes de mi intervención, un representante del partido me pidió que insertara un pasaje denunciando a los miembros del POUM [Partido Obrero de Unificación Marxista] como agentes de Franco. Me negué. Se encogió de hombros y me preguntó en tono educado si no me importaría mostrarle el texto de mi discurso para comentarlo «informalmente»; me volví a negar.
El acto tuvo lugar en la sala de la Société des Industries Françaises, ante un auditorio de unos doscientos o trescientos intelectuales refugiados, la mayoría de ellos comunistas. Era mi primera aparición pública en París desde que había vuelto de España y tenía la sensación de que sería la última como miembro del partido. No tenía intención de atacar al partido mientras todavía se libraba la guerra española y la idea de atacar a Rusia en público aún me embargaba con el horror de la blasfemia. Por otra parte, sentía la necesidad de definir mi postura y no continuar siendo un cómplice pasivo de los verdugos de mis amigos. Aunque por lo general improviso bastante al hablar en público, escribí y reescribí varias veces el final de aquel discurso. Se trataba de una ocasión decisiva y quería sentar cuidadosamente las bases de mi postura. Al final me decidí por tres sencillas frases para finalizar el discurso, cada una en sí un tópico piadoso, pero una herejía capital para un estalinista. La primera era: «Ningún movimiento, partido o persona puede arrogarse el privilegio de la infalibilidad». La segunda era: «Resulta tan necio apaciguar al enemigo como perseguir al amigo que busca el mismo fin por un camino diferente». La tercera era una cita de Thomas Mann: «Con el tiempo, es mejor una verdad dolorosa que una mentira útil».
El efecto fue aproximadamente el mismo que si alguien hubiera proclamado ante una audencia nazi la desconcertante noticia de que todos los hombres eran iguales por nacimiento. Cuando terminé, la parte no comunista del público aplaudió, mientras que los comunistas guardaron un silencio sepulcral, la mayoría mostrando su desacuerdo con los brazos cruzados.
Volví solo a casa. Mientras esperaba en la estación de Saint-Germaindes-Prés, bajó las escaleras del metro un grupo de mis camaradas que habían asistido a la conferencia. Pasaron junto a mí y se dirigieron al otro extremo del andén sin dedicarme siquiera una mirada, como si fuera el hombre invisible.
Aquel viaje en metro hasta casa fue un anticipo de los meses y años de soledad que me esperaban. No se trataba de una soledad física, ya que después de romper con el partido encontré más amigos de los que nunca antes había tenido. Pero la amistad individual nunca puede reemplazar el hecho de saber que uno pertenece a una fraternidad internacional que abarca todo el planeta; ni el cálido y reconfortante sentimiento de una solidaridad colectiva que confiere a esa inmensa y amorfa masa la coherencia e intimidad de una pequeña familia.
Unos días después, una noche en que estaba solo en casa, se me ocurrió de repente que podría poner fin a la agonía de aquella espera, tomar la iniciativa y romper con el partido. Aunque hacía ya mucho tiempo que estaba en proceso de abandonarlo, esa solución no se me presentó como una consecuencia lógica de la situación, sino como una idea completamente nueva y temeraria. Un comunista expulsado del partido es considerado por sus camaradas como un miembro descarriado de la familia; un comunista que lo abandona en desafío voluntario se excluye a sí mismo de los límites de lo humano. Aun así, al mismo tiempo, la idea me llenaba con la desaforada euforia que experimentaba cada vez que quemaba mis naves: aquella noche en Viena en que decidí abandonar mis estudios; y aquella otra noche, siete años atrás, en que decidí arrojar mi carrera por la borda y me uní al Partido Comunista.
Me pasé toda la noche redactando mi renuncia. Creo que se trataba de una buena carta, y lamento no haber conservado copia de ella. Y, con todo, también aquella carta fue un anticlímax. Aún no tenía el coraje suficiente para llegar más que a mitad de camino. Era una despedida del Partido Comunista alemán, de la Komintern y del régimen de Stalin. Pero terminaba con una declaración de lealtad a la Unión Soviética. Manifestaba mi oposición al sistema, al crecimiento canceroso de la burocracia, al terror y la supresión de las libertades civiles. Pero profesaba mi creencia en que los cimientos del Estado de los obreros y los campesinos continuaban siendo sólidos e inamovibles; en que la nacionalización de los medios de producción era una garantía de que al final se retornaría al camino del socialismo; y en que, a pesar de todo, la Unión Soviética representaba aún «nuestra última y única esperanza en un planeta en rápida decadencia».
Me aferré obstinadamente a esa creencia durante otro año y medio, hasta que el pacto Hitler-Stalin destruyó este último jirón de la ilusión desgarrada. Un credo nace en un acto aparentemente espontáneo, como una mariposa emerge de su capullo. Pero la muerte de ese credo es lenta y gradual; incluso después del que parece el último aleteo de las cansadas alas, se produce aún otro espasmo, y otra vaga convulsión. Toda fe verdadera manifiesta esa tenaz resistencia a morir, ya sea su objeto una iglesia, una causa, un amigo o una mujer. El horror natural del vacío se aplica también a la esfera espiritual. Para evitar la amenazadora vacuidad, el verdadero creyente está dispuesto a negar la evidencia de sus sentidos, a perdonar cada traición como un marido engañado de los cuentos de Boccaccio; y si las ilusiones ya no pueden mantenerse en su integridad original, adaptará y modificará su forma, o al menos tratará de salvar una parte. Eso es lo que hice, junto con millones de otros que se hallaban en la misma situación.
La teoría de que las purgas, los campos esclavistas o la privación de los derechos civiles de la gente eran fenómenos meramente superficiales y expedientes transitorios en el camino de Rusia hacia el socialismo es una de las últimas y típicas racionalizaciones a las que se recurren. Está relacionada con el concepto de que una economía de planificación estatal, independientemente del régimen político del país, al final derivará por sí misma hacia una sociedad socialista libre y feliz. En The Yogi and the Commissar he abordado en profundidad esta falacia, pero los argumentos tienen poco que hacer frente al poder de la ilusión. La creencia de que el régimen soviético, a pesar de sus rasgos reconocidamente repulsivos, es sin embargo el único en esencia progresista y el mayor experimento social de nuestra época resulta especialmente elástica y reconfortante. Nos permite desentendernos de la realidad con la referencia englobadora a los «expedientes transitorios» y las «medidas de emergencia». Es especialmente adecuada para los progresistas bienintencionados y confusos de todos los ámbitos, a quienes disgustan las prácticas comunistas en sus propios países. Por todas estas razones, aferrarse desesperadamente a esas ilusiones es algo tan vigente en la actualidad como lo era en mi época entre una gran cantidad de gente en todo el mundo.
Todo período tiene su religión y su esperanza predominantes, y el «socialismo» en un sentido vago e indefinido era la esperanza a principios del siglo XX. Tanto es así que los «nacionalsocialistas» alemanes, los «radicalsocialistas» franceses o los «cristianosocialistas» italianos sintieron todos la necesidad de incluir en sus nombres esa palabra fetiche. Esta esperanza pareció encontrar su encarnación en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas; y su magia funcionó, y sigue funcionando, en diversos grados de intensidad, sobre una porción considerable de la humanidad. Comprender toda la verdad sobre el régimen que ahora gobierna una tercera parte del mundo, comprender que es el régimen más inhumano de la toda historia y el desafío más grave al que la humanidad ha tenido que enfrentarse, resulta psicológicamente tan difícil de aceptar para la mayoría de nosotros como lo era para el hombre gótico concebir un cielo vacío. Y la dificultad es casi la misma para un campesino italiano analfabeto como para un novelista francés elevadamente culto como Sartre; o para un político sumamente realista como el difunto presidente Roosevelt, quien creía sinceramente que el de Stalin era una especie de tosco New Deal asiático, que después de la guerra Estados Unidos «se llevaría muy bien con Stalin y el pueblo ruso», y que la única amenaza para la paz de posguerra provendría de los designios imperialistas de Gran Bretaña. El hecho de que el presidente estadounidense pudiera creer esto, a pesar de todas las evidencias disponibles acerca de la teoría comunista y la práctica soviética, el hecho de que experimentados políticos democráticos de todo el mundo pudieran creer esto, por no mencionar a los científicos, eruditos e intelectuales, son indicativos de las profundas fuerzas creadoras del mito que actuaban entonces y siguen actuando hoy día.
Si mis vacilaciones de antes e inmediatamente después de romper con el partido muestran la tenacidad de una ilusión sostenida por la esperanza, mis experiencias de los años posteriores reflejan otro aspecto de las fuerzas irracionales que actúan a este respecto. Mientras fui un comunista, me sentí rodeado por la simpatía de la gente de espíritu progresista a la que no le gustaba el comunismo, pero respetaba mis convicciones. Después de romper con el comunismo, esa misma clase de gente me trató con desprecio. Las injurias que me vinieron del partido se ajustaron a lo esperado, pero detrás del resentimiento de aquellos que nunca habían sido comunistas sentí un tipo distinto de reproche tácito. Los excomunistas no son solo fastidiosas Casandras, como lo habían sido los refugiados antinazis; son también ángeles caídos que tienen el mal gusto de revelar que el cielo no es el lugar que se supone que es. El mundo respeta a los conversos católicos o comunistas, pero abomina de los sacerdotes que abjuran de cualquier credo. Esta actitud se racionaliza como una aversión hacia los renegados. Y, sin embargo, el converso también es un renegado de sus antiguas creencias o falta de creencias, y más que dispuesto a perseguir a aquellos que aún persisten en ellas. Aun así se le perdona, porque ha «abrazado» una fe, mientras que el excomunista o el sacerdote que abjura ha «perdido» una fe, y por tanto se ha convertido en una amenaza para la ilusión y un recordatorio del abominable y amenazador vacío.
Memorias, 2011
