Escribir el tiempo... [Sobre El país de las montañas prohibidas y otras crónicas del Maule, de Ariel Rioseco], de Ramón Oyarzún Soto





Por lo general, aquí los libros aparecen y desaparecen sin dejar rastros (…) [El país de las montañas prohibidas (apócr. /add.)], en cambio, tiene, a nuestro entender, el hondísimo mérito de haber inaugurado una nueva etapa en la evolución de nuestro espíritu...

 

Julio Ramón Ribeyro, La caza sutil y otros textos

 

 

Ariel Rioseco escribe en los lindes de lo humano, desde las mismísimas fronteras de las posibilidades de la humanidad. El tremendo, inclasificable, único, especialísimo, monumental, notable, pero, sobre todo, maravilloso y mágico trabajo de Ariel Rioseco, quien, desde la(s) prodigiosa(s) tierra(s) de El país de las montañas prohibidas y otras crónicas del Maule presenta un texto, un tejido nunca visto ni leído en este formato. Marca un antes y un después en la ficción costumbrista nacional, principalmente en su tiempo y exposición como experiencia.

 

Los presupuestos son dos entonces; El país de las montañas prohibidas y otras crónicas del Maule, en tanto libro, nunca se había hecho, jamás nadie, antes de Rioseco, había presentado textos símiles de esta entidad, en esta forma. Sigue a esto que nadie antes, jamás, había leído o habría leído nada parecido a estas “crónicas”. Por esto, la cuestión temporal es fundamental. El “Antes de…” y “Después de…” son la marca epocal y la apertura hacia una realidad nueva, desconocida, bullente y plena de posibilidades.

 

La idea rectora del esfuerzo se expresa en el prólogo: “(…) Volvemos la vista atrás y esperamos volver a sentir, desde el recuerdo, aquello que alguna vez nos hizo emocionar, convirtiendo aquel instante en algo extraordinario y único. Narramos lo ocurrido forjando a través de la escritura el testamento histórico que legaremos a quienes no fueron testigos (…)”. Importa “volver”, que es también “voltear” y “desenrollar”, pero también “pagar”, “encaminar” y “traducir” (R.A.E. dixit).

 

Deteniéndonos en el “traducir”, notemos cómo esta práctica de “ducción”, siempre es una acción política. La tarea del traductor (inmensa, interminable, imposible), comprende ocultar y dejar huellas de ese objeto “en” traducción. Traducir será pues, esculpir algo nuevo en el tiempo de una lengua, atrayendo las distinciones que parecen provechosas al traductor. Como se trata de “cultura”, de “ideas”, esta complicada tarea tiene que apoyarse en adminículos varios, en artefactos complejos, en nuevos campos de sentido. El lenguaje usado en El país de las montañas prohibidas y otras crónicas del Maule (fijémonos que, si queremos acortarlo, en siglas, queda esto: EPDLMP&OCDM. Huelga decir que la brevedad y la síntesis que casi siempre se exigen con argumentos de funcionalidad, economía, eficacia, eficiencia y otras patrañas, resulta complejizado y tensionado desde el mismo título de este trabajo). Como señalé, y para el lector esto será evidente, lo que Rioseco “traduce” en este caso, es “tiempo”.

 

El tiempo de las historias (por esto escribe “crónicas”); el tiempo de los relatos (un tiempo largo, sabemos que relatar-testificar, se trata de extender la historia para atravesar la noche a-la Sherezade); y además, denodada, osadamente, el tiempo “más allá del tiempo”. Ese tiempo prohibido o negado a los humanos en su brevedad, del que apenas somos conscientes pero que podemos siempre atestiguar en los ríos, nubes, en montañas prohibidas.

 

 

(Acá un paréntesis)

El tiempo es una cuestión complicada y compleja. Los griegos tenían dos deidades para referirse a esto: Crono y Kairós [1]. Crono (también Jronos, Chrono, Kronos, como usted prefiera, pero nótese, no se trata del Titán Crono, padre de Zeus, sino de una manifestación del Tiempo primordial y ordenado, -Saturnino para los romanos. -), sería como un padre o una madre. Proveía seguridad, presentándose en forma de esfera. El tiempo acotado de los ciclos planetarios, de las estaciones. Crono, tiempo observable, ordenado, confiable, predecible. Kairós funcionaría como las fuerzas impredecibles de la naturaleza que se encuentras fuera de la esfera de Crono; los desastres naturales, las estrellas fugaces o meteoritos, las plagas... pero también la buena fortuna, las bendiciones, los dones sobrenaturales. Se trataba más de una oportunidad y de algo que las personas creaban en sus interacciones.

Por otro lado, las culturas orientales, como la japonesa, proponen la existencia de al menos tres tiempos. Algunas sectas sintoístas [2] conceptualizan al tiempo como deidades femeninas: Amaterasu, la diosa del sol, de los ciclos. O-Hara, diosa del centro del universo, del destino, Amino-Minakanuchi, la diosa de todas las cosas, de la oportunidad, del tiempo sin tiempo. Los samuráis, al entrar en batalla, se encomendaban a Amino-Minakanuchi, la actuación de la diosa de todas las cosas, pues pensaban que, en el combate, cuando se enfrentan guerreros con armas, entrenamiento, habilidades y fuerzas similares, vencería el que lograse situarse fuera del tiempo, para hacerse inmune a los ataques.

Tanto orientales [3] como griegos (que no son sino los más orientales de los europeos, fundadores apócrifos de la idea de “Europa”), entienden el tiempo como algo místico, información arcana para iniciados que se puede transmitir entre maestro y discípulo, y que se comprende en la experiencia.

(Hasta acá el paréntesis)

 

 

Pude comprender, entonces, la naturaleza del esfuerzo y aliento del libro solo al leerlo. Para el caso, a través de la experiencia directa. Los extensos párrafos discursivos que se suceden como perlas de sabiduría pueblan el libro, lo atiborran:

 

(…) Los lugares fantásticos que recordamos nos llevan y traen como carruseles estampados en la historia, de la cual somos los testigos y guardianes, en una espera que no tiene fin aparente, ni espacio que lo contenga (…)

 

(…) Quizás aquello que llamamos verdad, sea simplemente el sueño de llegar más lejos, de ir donde nunca alguien ha estado. Padres, fundadores, héroes, madres abnegadas, se aúnan en esa incesante búsqueda en la cual nos embarcamos, apoderándonos de nuestros nombres y acciones, como si todo aquello que respiramos, vemos y anhelamos, sea una parte vital de esta fantástica travesía, a la cual llamamos vida.

 

(…) Intentó pensar en otras circunstancias, pero no pudo y, al sentirse sobrepasado por sus horrendas acciones, el arrepentimiento brotó desde el fondo de su alma, sintiendo todo el peso de la culpa. Fue en ese instante, viéndose herido por la falta, que levantó sus ojos y miró a la viuda, quien, sin pronunciar palabra, entendió en su corazón lo que aquel hombre intentaba comunicarle. Entonces, ella acercó su mano hasta tocar la suya, envolviéndola con delicadeza, como si en ese significativo gesto el perdón fuese otorgado (…);

 

Parrafadas de esta calidad se encuentran en cada página. Están positivamente ubicados con tal entidad que es imposible no pensar en manuales éticos o en textos normativos en una primera aproximación. Pero luego ocurre algo. Considerados mesurada y oportunamente, estos textos se abren, mostrándose en su verdadera intención. Se abren y expresan para la lectura, para el tiempo.

 

Si pensamos que los libros desaparecen sin dejar rastros, si pensamos que la gente ya no lee, pensemos también en el destino de las historias, de los discursos, de los cuentos. Pensemos dónde van las memorias, las letras sobre la página en blanco, el tiempo, esfuerzo, ánimo de la lectura. Pensemos en lo insondable y en lo nimio, en la modestia y en la real ausencia de ambición arraigada en la humildad de ser un microátomo por un microinstante discreto dentro de una mota de polvo flotando en medio de un universo infinito, oscuro, ignoto. Solo entonces, y solo tal vez, tendremos una noción relativa del real carácter de Rioseco, por escribir el tiempo en esta Crónicas..., por esculpir la dura piedra de la memoria y legarnos la experiencia personal de la vastedad y del vacío, oportunidad en la que la comunicación y comunión total es posible.

 

 

 

 

Notas

[1] Véase White, Eric Charles. Kaironnomia: On the Will-To-Invent. Cornell U. Press. Ithaca, NY. 2012.

[2] Véase Ono, Sokyo, Shinto. The Kami Way. Carles E. Tuttle Publishing Co. Inc. California, 2012.

[3] Perdonando esta última digresión: como señalan varios autores (al menos desde Soseki Nasumi en adelante), la cuestión de la “peculiaridad” japonesa puede resultar agotadora. Sin embargo, mi visión es que se trata nada más que de una expresión -sofisticada, ciertamente- de una cuestión central a las culturas así llamadas “de extremo oriente”; esto es, la consideración de las conceptualizaciones humanas como “anecdóticas” y esencialmente extraviadas, frente a lo vasto e insondable de la realidad. Por ejemplo, en los Capítulos interiores del Zhuangzi: (…) Se dice de Peng Zu que vivió 800 años; se le considera la persona más longeva de la humanidad. Cabalgaba con el viento, flotaba entre las nubes y podía viajar 90.000 millas en un día. Muchos se maravillaban de su longevidad y sus habilidades y habrían dado cualquier cosa para ser como él. Sin embargo, si lo piensas, 800 años no es nada comparado con la intemporalidad del Tao, la vía natural. Y 90.000 millas no es nada comparado con lo ilimitado de lo primordial. Las mentes pequeñas simplemente no pueden conocer la vastedad de la conciencia.” (En Being Taoist. Edición y traducción de Eva Wong de clásicos del pensamiento taoísta. El Zhuangzi -también Chuang Tzu o Maestro Zhuang- es uno de los tres libros clásicos - junto con el Tao Te King y el Lie Zi - del así llamado “Taoísmo filosófico”. Compilado canónicamente por Guo Xiang en la era Jin (año 300 EC), consta de 52 capítulos. Los primeros 7 capítulos son conocidos como “Los capítulos interiores” y serían los únicos escritos efectivamente por el sabio taoísta Zhuang Zhou, quien habría vivido en el territorio de Meng (actualmente Shangqiu) en el siglo 3 AEC.        

 

 









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