Igual que las humaredas ya no soy llama ni brasas. Soy esta espiral y esta liana y este ruedo de humo denso. Gabriela Mistral Mi casa es una cascada en el sur de Chile. Hay patos, gansos, gallinas; se inmiscuyen alacranes y arañas. Por las noches hay que guardar las aves para que no se las lleven los zorros. Tengo 2 años, un hermano de 4, una madre de 34 y un padre de 33. Mi ropa favorita es de lana. Mi prima favorita para jugar se llama Belén. Mi casa no es mi casa y mi cama no es mi cama. Mi padre y hermano se han ido al norte. Mi madre y yo vivimos con una amiga, sus hijas, sus nietas. Yo comparto cama con Paula. En las noches nos damos besitos, tenemos 4 años. Vamos a un jardín de niños con piso de tierra. Veo las fotos, con tres deditos de mi mano izquierda intento alcanzar la manito de Paula, que lleva un gorro de princesa. Yo llevo uno que parece la cresta de un gallo. 1997, ya te ha...
Fragmento Frente a ellos, el silencio fue tomando forma y la brisa que golpeaba las ramas de los altos árboles generó en el grupo la sensación de que estos parajes iban asumiendo vida y caracteres propios que no debían ser tomados a la liguera. Poblete, que lo sabía, ajustó nuevamente su montura, sujetando con mayor cuidado su bestia, mientras cada uno de los integrantes del rescate tomaba lugar en la fila que se sumergía en el reino del musgo y la humedad. La poca claridad del bosque, ya estando dentro, y lo angosto de la senda, hacían que el despeñadero a su costado se viese y sintiese más profundo, además de peligroso, en cada paso que daban los caballos. Las hojas agitándose entre el follaje, o el simple escape de algún roedor o musaraña en el piso, los hacía ir y volver con atención, haciendo que cada detalle fuese enorme en aquella vastedad de quietud y silencio comprimido. Cerca de una hora después de haber ingresado en el bosque, Poblete ...
La Universidad Internacional de la Florida me invitó a dar una conferencia el primero de junio de 1980. La titulé «El mar es nuestra selva y nuestra esperanza» y hablé por primera vez ante un público libre. Junto a mí estaba Heberto Padilla; él habló primero. Realmente, su caso fue penoso; llegó absolutamente borracho a la audiencia y, dando tumbos, improvisó un discurso incoherente y el público reaccionó violentamente contra él. Yo sentí bastante lástima por aquel hombre destruido por el sistema, que no podía encararse con su propio fantasma, con la confesión pública que había hecho en Cuba. En realidad, Heberto nunca se recuperó de aquella confesión; el sistema logró destruirlo de una manera perfecta, y ahora parecía que hasta lo utilizaba. Desde que comencé a hacer declaraciones contra la tiranía que había padecido durante veinte años, hasta mis propios editores, que habían hecho bastante dinero vendiendo mis libros, se declararon, solapadamente, mis enemigo...