Naja naja, Carlos Almonte
Al mismo tiempo —repite el anciano junto a mí—, en otro lugar de la ciudad, cinco reptiles mastican el blando cemento del acueducto, rodeados de una pila de latas, papeles, envases plásticos y perros que comienzan a podrirse; su incómodo descanso interesa a los visitantes, quienes se agolpan a observar la escena desde la orilla de un río en el que la niebla no permite ver más que los últimos contornos de la embarcación. Se sienten ruidos en el techo; ramas que cuelgan sobre el agua, troncos, arenas altas; encuadres sucesivos, pocas veces provistos de color y desencajados al ritmo de una música letánica. No hay consuelo más hábil que el pensamiento de que hemos elegido nuestras desdichas, comenta el viejo. Habla solo lo necesario, me susurra antes de partir.
en El frío atardecer de los reptiles, 2026